lunes, 6 de junio de 2011

Un país lleno de Quijotes.

Con una chapa vieja a modo de armadura y un orinal como yelmo. Sin más creencia que la de defender todo lo que es justo y bueno. Sin más compañero que un amigo tan loco como yo, y con todos los molinos alzados al frente, desafiantes e inamovibles.

¿Y qué importa que te llamen loco? ¿Y qué más da que se rían de ti y de tu triste figura?

“No es tiempo de caballeros, señor.” Dicen algunos.

“Creo que he visto un dragón subiendo por esa pared.” Se mofan otros.

Y por mucho que luches, dicen, y por mucho que sueñes, nada va a cambiar, no hay grandes hechiceros ni cónclaves del mal, y no recibirás más que bastonazos en tu historia desubicada.

¿Y qué importa todo aquello, si aún podemos soñar lo imposible? ¿Y qué más da cuántas veces nos tiren del caballo de cartón si aún podemos Luchar por aquello en lo que creemos?

Sin embargo, miras alrededor y te das cuenta de que hay miles de escobas alzadas como lanzas, cientos de yelmos de oro de Mandrino, cientos de miles de corazones que sueñan con su dulcinea particular, con su ínsula de Barataria, con derrotar al fin a los molinos.

La locura se vuelve realidad, y los sueños se realizan, simplemente, porque creímos en ellos.

Y antes de que la fiebre nos lleve, cuando recuperemos la cordura, podremos mirar atrás y decir: Hemos hecho de este mundo un lugar, aunque sólo un poco, mejor.

martes, 24 de mayo de 2011

The Spanish Revolution

A los héroes de hoy:

Gracias.

Sólo eso. Porque tenéis voz, y la usáis, porque tenéis manos, y las levantáis.
Porque queréis haceros oír y que se Oiga a los demás.

Sólo por eso. Porque no os importa que la guerra parezca perdida antes de empezar, porque nos dais esperanza a los que hace tiempo dejamos de confiar.

Sólo por decir vasta. Sólo por decidir no sólo que no queréis formar parte de la máquina, sino por moveros para cambiarla. Por luchar.

¿Cuántas manos hacen falta para mover un país? ¿cuántos gritos para que el mundo escuche?
Nunca son demasiadas, pero seguro que tarde o temprano serán suficientes.

Ellos están ahí, han dado la cara, están trabajando duro... ¿vamos a dejar que todo esto se quede en nada? ahora es nuestro turno.

Mira a tu alrededor, busca a los héroes, busca a los guerreros. Sé un héroe, sé un guerrero, levántate y lucha. Infórmate, opina, hazte ver. Somos nosotros los que movemos el mundo, sólo tenemos que decidirnos a hacerlo.

Gracias. Por dar esperanza.

miércoles, 11 de mayo de 2011

El discurso del Capitán garfio.

Como en el cuento de Peter Pan, el capitán Garfio siempre estaba dando su discurso de despedida por miedo a que, en el momento de morir, cuando le llegara la hora, no tuviera tiempo de darlo.

Del mismo modo, las despedidas largas hacen pensar a uno en qué ocurriría si no volviera a ver a esa persona. Y entonces es cuando hace acto de presencia esa palabra: “nunca”. No cabe en la imaginación algo tan serio, tan pesando, sólo se te queda un regusto a vacío en el paladar cuando piensas en ella que pide a gritos obviarla, apartarla del pensamiento y sacudirse la cabeza una y otra vez hasta que desaparezca.

Pero… ¿qué ocurriría? ¿Qué pasaría si no volvieras a ver nunca a esa persona? ¿Qué sucedería si perdieras esa oportunidad para siempre, de un modo irreversible?

La idea es aterradora, pero más lo es aún la evidencia de que, por muy pequeña que sea, existe esa posibilidad, y es tan real y tan cruda como cualquier otra posibilidad.

Y entonces nace la pregunta: ¿Y qué hacer? ¿Olvidarse de ello? ¿Pensar en otra cosa? Por supuesto. Pero por si acaso, yo prefiero estar preparado.

Por eso hago mis propios discursos de despedida del capitán garfio.

Porque… ¿de verdad merece la pena mantener el rencor? ¿O el orgullo? ¿Y dejarse llevar por la apatía? ¿Realmente tiene sentido guardarse un abrazo, un “eres importante para mí”, un “querría que fuéramos amigos”, un “confío en ti”, “te echo de menos”, “Quiero que seas feliz”, ”merece la pena conocerte”, “te quiero”, un “me importas”?

Cuando piensas en ese “nunca” tan cruel, cuando te das cuenta de que podría ser tu última oportunidad. Todo ese orgullo, ese rencor, ese miedo. Se vuelve absurdo, caprichoso y patético, como un señor gordo con bigote metido en el traje de un niño que grita una y otra vez que no quiere comerse la sopa. Pierden sentido, y una vez que das ese paso, en el momento que traspasas la barrera del capitán garfio, entonces, estás en paz. No te sientes ni fuerte ni débil, ni grande ni pequeño. Te sientes tú, y estás preparado, ahora sí, para lo que venga, incluso para ese “nunca” o para ese “para siempre”.


(Y si no me creéis, leed "el último mensaje del jefe")

lunes, 25 de abril de 2011

Música

Sucede a veces que la música va más allá de su función básica para alcanzar nuevas dimensiones, dependemos a menudo de ella, necesitamos gritar sus acordes y sus versos para sentirnos realmente como nos creemos sentir, y no estamos muy seguros si es la música la que nos hace sentir o somos nosotros los que ponemos sentimiento a la música.
tenemos una condición irremediablemente dependiente algunos seres humanos, y, en mi caso, estoy orgulloso de ello. Porque no hay nadie mejor que aquel que prefiere unas buenas notas al ruido vacío de las monedas cayendo en el bolsillo o al parloteo incesante de cualquier estrellucha de poca monta.

Prefiero depender del ritmo, del compás y la armonía que del reconocimiento, la fama y la moneda.

jueves, 21 de abril de 2011

No te vayas todavía.

¿Os he contado alguna vez la historia de cómo un último beso pudo salvarme la vida?

Bueno, ocurrió hace algún tiempo, yo estaba con ella aquella noche, ella no supo decírmelo pero quería que me quedara con ella, yo no podía, y ella lo sabía, por lo que cuando me iba a despedir, únicamente me dijo:

"No te vayas... todavía"

Como comprenderéis me era imposible despedirme en aquel momento, aunque hubiera querido, esa forma suya de decirlo me hizo quedarme un rato más, un último rato de charla, un último beso...

Y entonces nos despedimos.

Y conduciendo de camino a mi casa vi una luz roja en el suelo, era un semáforo tumbado. Más adelante, unas marcas de neumáticos llevaban hasta un muro donde había un agujero, salí del coche asustado pensando en qué me encontraría dentro, pero no había nada.

Confuso, miré alrededor, algunos paseantes nocturnos me miraban con recelo, incluso una anciana estaba asomada a su balcón.

Me resigné y seguí mi camino, pero más adelante había más marcas de neumáticos, cascotes y cristales rotos, durante todo mi camino a casa. La policía estaba en mi calle.

tras aparcar, quise acercarme disimuladamente para ver qué estaba pasando, y allí estaba el coche destrozado, cubierto de trozos de ladrillos y con la parte delantera hecha añicos, la mujer que estaba junto a él parecía indemne, y tuvo suerte, porque había arrollado un semáforo, se había empotrado contra una pared, y había continuado por el mismo camino que después había recorrido yo hasta que la policía la detuvo.

¿Y qué tiene que ver eso con ese último beso?

Quizás nada realmente, pero todo eso ocurrió unos cuarenta minutos antes de que yo llegara. Aproximadamente el tiempo que dedicamos ella y yo a esa despedida. Quizás no, pero si me hubiera ido en el primer momento, quizás me hubiera visto involucrado en todo aquello, sólo quizás, me hubiera cruzado en el camino de ese coche descontrolado, y no sé lo que quizás hubiera pasado entonces.

Ahora, mi consejo es:

Quedaos siempre un rato más, sólo un rato, una última charla, un beso, con la gente que os quiere bien. Quién sabe, puede que os estén salvando la vida.

martes, 12 de abril de 2011

echar de menos

Ayer fué ese día.

Ayer quise volver, quise activar mi reactor de emergencia y salir disparado durante quince minutos de vuelta. Quería volver a cada puerta, a cada casa, a mi casa.

Quería agarrar por los brazos a toda esa gente una por una, apretarles fuerte, llorar quizás.

Quise sentarme a mi mesa, correr por mi orilla, jugar con mis olas. Sentir mi sol, no cualquiera, el mío.

y sin decir palabra volver a marcharme, tal vez dejando alguna carta o alguna postal por el camino.

Ayer estuve a punto de levantar el vuelo gracias al simple deseo de volver.

Porque ayer lo eché de menos.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Clase de Gramática

Me gusta la segunda persona, el tú, you, du... Mira directamente a los ojos, cuando lo dices, o cuando lo escribes, estás frente a la otra persona, a la distancia justa, ni por encima ni por debajo.

Me gusta menos la primera persona, el yo, I, Ich... aunque Ich bin Ich, I´m miself, Parece considerarse la más importante, como si el resto no valieran nada. Sin embargo, hay que aceptar su (realmente mi) valía, yo soy yo, haga lo que haga.

Respeto el él, el ella, er, sie, he, she. El vosotros, vous, you, irh... Me son ajenos, desconocidos, pero alcanzables, sientes que puedes alargar la mano y tocarlos sólo con un poco de esfuerzo.

No me gusta el ellos, they, sind, me suena a extranios, a "Los otros", sobre todo a los que antes fueron "nosotros" y el tiempo o las circunstancias (o yo mismo) han ido alejando. Prefiero convertirlo en vosotros, pero sobre todo amo el nosotros, we, wir...

Sin duda es el mejor de los pronombres, es el que más quiero utilizar, junto con el tú...

(Tú) Te vienes conmigo?
(tú) Bailas?
Te quiero (a tí)
Te echo de menos (a tí)

Estamos juntos (nosotros)
Nos comprendemos (nosotros)
Si (tú) estás conmigo,vamos a cambiar el mundo (nosotros)